
¿Por qué darnos la espalda? Nos encanta jugar a que no nos conocemos, a que nunca nos vimos, a que nunca tuvimos nada en común. Y jugamos hasta que uno se aburre y decide no jugar más. A veces puede hasta durar un día entero. Pero cuando llega la noche y nos damos cuenta de que nos extrañamos, ahí uno de los dos siempre se rinde.
Pero es que le ponemos emoción al juego, suspenso, deseo, ansiedad. Y nos encanta saber que el otro nos desea, nos espera. Pero lo cierto es que el juego del otro también nos lastima. ¿Pero qué pesa más?
El deseo, y la necesidad constante de saber que el otro sí piensa en uno. ¿O acaso no queremos, necesitamos saber que la otra persona nos quiere tanto como nosotros a ella? Que nos desea. Nos extraña.
Entonces para dejar de sufrir jugamos a sufrir un poco más, para obtener un resultado que quizás nos reconforte casi hasta donde necesitamos. O no.
No hay comentarios:
Publicar un comentario